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Economía de resistencia y redes de supervivencia en el Barrio de San Andrés (Baeza). Los trabajos de las mujeres en Catastro de Ensenada (1752)

Colaboradora:

El siglo XVIII supone para la ciudad de Baeza un periodo de profunda transformación, marcado por una evidente contracción social, cultural y económica en comparación con el esplendor de los siglos anteriores. Factores como la despoblación, la reducción de su término municipal, el deterioro de ciertas infraestructuras o la desconexión de su red viaria definieron una ciudad que, sin embargo, mantuvo su marcada jerarquía social. En esta coyuntura, el Catastro de Ensenada, realizado en la localidad en el año 1752, nos permite radiografiar el tejido urbano del municipio centrando nuestro análisis en una de las collaciones más importantes de este: el Barrio de San Andrés. La elección de este barrio no es una decisión arbitraria, ya que, al tratarse del segundo núcleo más poblado de la ciudad, solo por detrás de El Salvador, y al integrar una amplia variedad de actividades y oficios, se presenta como una muestra representativa ideal para examinar la estructura social de la localidad.

En este contexto, vamos a centrarnos en las mujeres cabezas de familia que, ya fuera por viudedad o por otros factores, acabaron asumiendo la titularidad fiscal y el sustento económico de sus hogares. Por lo tanto, pese a que existe un subregistro de las actividades económicas de las mujeres, trataremos de demostrar que, lejos de la supuesta inactividad que tradicionalmente se les ha atribuido, las mujeres desarrollaron una actividad productiva y reproductiva amplia y heterogénea, consolidándose como agentes económicos plenamente integrados en el engranaje social de la Baeza del Setecientos.

Hacia 1753, Baeza contaba con unos 8.000 habitantes en su nuevo y menguado término. De las 220 mujeres cabezas de casa registradas en el Barrio de San Andrés, tan solo 59, apenas un 26,8%, contaban con alguna categoría sociolaboral más allá de la edad y el parentesco (pobres, hidalgas, actividad económica, etc.). Dentro de este reducido grupo de 59 mujeres, tan solo 26 figuraban con alguna actividad económica concreta, mientras que el resto no especificaba ninguna fuente de regulación de trabajo.

El mayor porcentaje de mujeres corresponde a aquellas que declaraban mantenerse principalmente de su trabajo personal, cifra que asciende a un total de 22 casos, aunque bajo modalidades muy distintas: 15 de ellas afirmaban sostenerse exclusivamente mediante su trabajo individual; 5 lograban complementar su actividad personal con la colaboración de su núcleo familiar; mientras que las 2 restantes representaban el escalón más precario, por lo que se veían obligadas a combinar su trabajo individual con diferentes ayudas externas para poder sobrevivir, como la limosna.  

La importancia de las categorías y el método es fundamental. Si analizamos los datos sesgados de una fuente que responde a una producción determinada donde, además, la propia Instrucción mandaba que no se regulara el ramo personal a mujeres y a varones menores de 18 y mayores de 60, interpretaremos una economía sesgada. Sin embargo, si utilizamos lo que Ruiz Álvarez (2025) denomina como Hogares del Trabajo o Unidades Domésticas de producción integraremos a la sociedad en los mecanismos económicos. De hecho, en Baeza, la labor femenina quedaba diluida en una sola categoría genérica, «el trabajo personal». Esta etiqueta ocultaba su especialización real en tareas muy diversas, tanto dentro como fuera del hogar, incluyendo, por ejemplo, el hilado, el lavado de ropa, la venta de excedentes, el cuidado de animales y/o personas. Por lo tanto, ese «trabajo personal» debe interpretarse como una huella documental de una economía de resistencia, cimentada en la versatilidad de la mujer como única vía para la supervivencia y adaptación a la nueva realidad del periodo.

Asimismo, estos resultados evidencian ciertos rasgos de una precariedad laboral, donde los bajos ingresos del trabajo personal femenino obligaban a muchas a afrontar la realidad mediante la agregación familiar o, en su defecto, mediante la caridad. Un ejemplo de ello lo constituye Juana de Navarrete Vico, viuda de 64 años, quien subsistía uniendo su trabajo personal con el de su hija soltera, Joaquina López. Solo mediante esta estrategia de coresidencia y suma de esfuerzos lograban reunir los casi 11 reales de vellón necesarios para pagar el censo de su hogar al hoy desaparecido Convento de las Monjas de Santísima María de Gracia. Este caso pone de manifiesto que la prole no era solo una compañía, sino que también actuaba como el único seguro familiar disponible para las viudas sin más patrimonio.

En el extremo opuesto hallamos a Manuela Ruiz, en una situación de vulnerabilidad absoluta. Con un hijo de 7 años y una hija pequeña, Manuela carecía de esa fuerza de trabajo auxiliar que representaba la hija adulta de Juana. Al no poder apoyarse en sus descendientes debido a su corta edad, su trabajo personal resultaba insuficiente, lo que la obligaba a recurrir a la limosna para garantizar la subsistencia de su núcleo familiar.

Frente a este grupo general de mujeres que no disponían de una cualificación reconocida, destacan apenas 4 casos de mujeres que sí declaraban explícitamente tener algún oficio tipificado: en el servicio doméstico figuraba Isabel Baptista de Cózar, criada de Antonio de Herrero, prior de la Iglesia de San Gil; en el ámbito comercial y artesanal identificamos a Josefa Martínez Garrido, que gestionaba una tienda de especiería en la Puerta de Toledo, y doña Leonarda Fernández de Lara, vinculada a la infraestructura urbana como trabajadora en el horno del Convento de la Santísima Trinidad Descalzos; y, por último, sobresale la figura de Leonarda de Jimena, única mujer que se declara expresamente como «labradora».

Sin embargo, este último dato enmascara una realidad mucho más amplia. Si cruzamos las variables meramente escritas con los registros de la propiedad de la tierra y/o la posesión de ganado, podemos estimar que aproximadamente 30 mujeres adicionales (cerca del 15% de la población femenina del barrio) participaban en las faenas agrícolas. Además, podemos añadir las gerenciales como propietarias, cabezas de casa, esposas, hijas, madres…Esto se ve reforzado por el hecho de que más del 73% de los hijos que mantenían la coresidencia con estas cabezas de casa se dedicaban activamente al campo, mayoritariamente como jornaleros. Resulta inverosímil pensar que las madres, etiquetadas bajo el genérico «trabajo personal», o sin ningún tipo de oficio, vivieran ajenas a esa realidad agrícola, máxime cuando muchas de ellas poseían pequeñas extensiones de terreno. La deducción lógica es que estas mujeres actuarían como jornaleras de facto, ya fuese de manera directa o indirecta, estacional o complementaria. Esta hipótesis se apoya en indicios sólidos, como el caso de Magdalena González, quien, pese a no tener un oficio estipulado, declaraba mantenerse gracias a su labor agrícola combinada con la de su hijo, o el caso de Ana Lorente, cuya vinculación agraria se evidencia al cruzar su propiedad territorial con la actividad profesional de su hijo, labrador de oficio. El método: del ser al hacer ¿Qué están haciendo estas mujeres?

La discrepancia entre la única mujer declarada oficialmente como labradora y las más de 30 que estimamos trabajando la tierra destapa una profunda brecha en la asignación de estatus social que hace la documentación catastral. En el Antiguo Régimen, ser «labrador» era una categoría social vinculada a la actividad agraria y en muchas ocasiones a la tenencia de la tierra, ya fuese en propiedad o arriendo. Por lo tanto, nos muestra una realidad que convirtió a las mujeres en activos indispensables de la producción agraria, pues operaban en una magnitud que va más allá de las estimaciones tradicionales y de lo que la documentación oficial podía reflejar.

En definitiva, el análisis revela que existía una actividad laboral femenina superior a la cifra de 26 mujeres registradas inicialmente. Si sumamos la estimación agrícola a los oficios declarados, la cifra de mujeres económicamente activas en el barrio superaría el medio centenar, unos datos que, extrapolados a la población total de Baeza, supondrían que entre 400 o 600 mujeres sostenían la economía local de la ciudad en diversos oficios, sin contar siquiera la inmensa lista de trabajos sumergidos que la fiscalidad ignoró. Podemos afirmar que el Catastro de Ensenada, más que un reflejo de la realidad del momento, funcionó como un filtro de género que diluyó la importancia de la mujer en el periodo. Sin embargo, gracias a la lectura crítica de las fuentes y a la revisión exhaustiva de la documentación, podemos afirmar que las mujeres de Baeza no fueron sujetos pasivos del proceso, sino un motor económico fundamental en la sombra de la documentación catastral. Ellas tejían las redes de supervivencia, gestionaban la escasez con su trabajo personal, y laboraban la tierra a la par que los hombres, todo desde una posición de soledad estructural. Esto ha demostrado las posibilidades del Catastro y de una lectura más allá del dato que nos muestra como sobrevivían las mujeres, una lección de resiliencia que nos recuerda que la verdadera historia de una ciudad reside en quienes la sostuvieron.

Tabla Mujeres a las que se registra una actividad. Baeza. Catastro de Ensenada. Elaboración Propia

NombreEdadUbicaciónEstado CivilTamaño del HogarComposición del HogarActividad/oficio registrado
Ana de AndujarCalle GraciaEstado Honesto1SolaTrabajo Personal
Ana Ramos de CamaraCalle Huarte de San JuanSoltera1SolaTrabajo Personal
Ana Gregoria de DiosCalle NuevaViuda21 hijaTrabajo Personal
Ana ValeroCalle Horno MuñozViuda1SolitariaViviendo de Limosna porque es anciana y no puede trabajar
Antonia MoyanoCalle Peña del GalloViuda1SolaPobre de Solemnidad
Ana de la HerreraCalle los MolinosViuda1SolaTrabajo Personal
Ana Consuegra70 añosCalle del RojoSoltera1SolaCélibe
Ana María de CamposCalle GraciaEstado Honesto1SolaTrabajo Personal
Ana CerezoCalle CapillaViuda1SolaPobre de Solemnidad
Bentura SarabiaCalle GraciaViuda32 hijasTrabajo Personal
Catalina Manuela GonzalezCalle GraciaViuda21 hijaPobre de Solemnidad
Catalina de MartosCalle Horno MuñozEstado Honesto1SolaPobre de Solemnidad
Catalina RodríguezCalle San AndrésViuda21 padreTrabajo Personal
Catalina Moreno del Granado54 añosCalle del RojoDoncella1SolaViviendo de Limosna por estar enferma
Dionisia MorenoCalle los MolinosEstado Honesto21 tíaTrabajo Personal
Doña Francisca Godino NavarreteCalle CubilloViuda31 hijo, 25 años / 1 hija / 2 criados / 3 criadasHidalga
Francisca MorenoCalle San BlasViuda1SolaPobre de Solemnidad
Francisca GarridoCalle los GranadillosViuda1SolaPobre de Solemnidad
Felipa de Carrel40 añosCalle GraciaViuda21 hijaTrabajo Personal y Agencia (ingresos)
Gerónima MuñozCalle CubilloEstado Honesto21 sobrinaPobre, mantiene a la sobrina a sus expensas
Gerónima SorianoCalle MoragaViuda1SolaPobre de Solemnidad
Isabel Baptista de CozarCalle San AndrésEstado Honesto1SolaCriada de Antonio de Herreno prior de Iglesia San Gil
Doña Isabel de ParrelCalle los MolinosViuda32 hijos, 20 y 5 años / 1 criado / 1 criadaHidalga
Isabel de HerreraPuerta de ToledoViuda21 yernoSe mantiene de su yerno Luis de Molina
Isabel de MendozaCalle los TejedoresViuda1SolaPobre de Solemnidad
Ines PoyatosCalle los TejedoresViuda1SolaPobre de Solemnidad
Isabel MuñozCalle NuevaViuda31 hijo, 5 años / 1 hijaTrabajo Personal
Isabel de JodarCalle San BlasViuda21 hijo, 5 añosPobre de Solemnidad
Isabel GonzalezCalle de los DescalzosViuda32 hijasTrabajo Personal de las 3
Isabel ZavalaCalle CapillaViuda31 hijo, 9 años / 1 hijaViviendo de Limosna
Juana MorenoCalle de los DescalzosEstado Honesto43 hermanos, 20, 16 jornalero y 8Trabajo Personal
Juana RuizCalle AzulejosViuda21 hijaTrabajo Personal las 2
Josefa Martínez Garrido44 añosPuerta de ToledoViuda42 hijos, 18 oficial de alpargatero, 5 años / 1 hijaTrabaja en una Tienda de Especiería
Juana GonzalezCalle Santo DomingoViuda1SolaPobre de Solemnidad
Juana María PulidoCalle de los MarinesViuda1SolaPobre de Solemnidad
Juana de Navarrete70 añosCalle del RojoViuda42 hijos, 18 años carpintero / 1 mujerSe mantiene de su hijo que es carpintero
Juana MoragaCalle Huarte de San JuanViuda32 hijasTrabajo Personal suyo y de sus hijas
Juana MorenoCalle Horno MuñozEstado Honesto1SolaPobre de Solemnidad
Juana de CózarCalle de los DescalzosViuda1SolaPobre de Solemnidad
Juana de Navarrete Vico64 añosCalle CapillaViuda21 hijaTrabajo Personal suyo y de su hija
Juana GodinoCalle MoragaViuda32 hijos, 10 y 8 añosPobre de Solemnidad
Doña Leonarda Fernández de LaraCalle SegadoBeata21 criadaTrabaja en el Horno de la Santísima Trinidad Descalzos
Leonarda de JimenaCalle ZarcoViuda62 hijos, 19 jornalero y 5 años / 2 hijas / 1 Criado MuleroLabradora
Doña María de OchoaCalle Santo DomingoViuda21 hijo, 14 añosHidalga
Magdalena GonzalezCalle Huarte de San JuanViuda31 hijo, 18 jornalero / 1 hijaSe mantiene de su labor agrícola y la de su hijo, que es jornalero
María de Martos SevillaCalle de los DescalzosViuda41 hijo, 21 años pastor / 2 hijasTrabajo Personal
María CerezoCalle Huarte de San JuanViuda21 personaSe mantiene de su Cristobal Jurado, con el que vive
Manuela RuizCalle GraciaViuda31 hijo, 7 años / 1 hijaTrabajo Personal y limosna
María de la Concepción GarridoCalle San AndrésEstado Honesto1SolaTrabajo Personal
María LechugaCalle GarabatilloViuda21 hijaSe mantiene de su hermano, Juan Montoro
María de la O CoboCalle de los MarinesViuda1SolaTrabajo Personal
María Rafaela de las Vacas50 añosCalle de la MagdalenaViuda31 hijo, 15 años / 1 hija mayor de edadSe mantiene de su primo
Matea DíazCalle GraciaViuda1SolaTrabajo Personal
María GodinoCalle GraciaViuda1SolaPobre de Solemnidad
Doña María de Villacortes y GuzmánCalle San AndrésViuda1SolaHidalga
Doña María Josefa VelascoCalle MoragaEstado Honesto1SolaSe mantiene de su cuñado, viviendo la cuñada y el sobrino en la misma casa
Guiteria NebreraCalle SegadoViuda21 sobrinaTrabajo Personal de las 2
Rosa LópezCalle AzulejosViuda1SolaTrabajo Personal
Ursula de la CruzCalle GarabatilloEstado Honesto21 hermano, 13 años jornaleroPobre de Solemnidad