Colaboradora: Julia María García Morales
En los últimos años, la historiografía ha dedicado una renovada atención al estudio y análisis del patronazgo artístico femenino, revisando, entre varias cuestiones, la invisibilidad de las mujeres en los procesos culturales durante la Edad Media y la Edad Moderna[1]. Dentro de este marco, podemos situar la figura de Isabel I de Castilla; una reina que constituye un caso excepcional: no solo por su papel político, sino por la amplitud de su actividad promotora. El siglo XV castellano está marcado por el nombre de una mujer: Isabel. A diferencia de otros momentos históricos, en esta ocasión el nombre femenino no queda relegado al margen ni silenciado. Y es precisamente su anomalía, derivada de su condición de mujer en una época, en cierta medida, poco proclive al protagonismo femenino. Aunque no estaba destinada desde un principio a ser reina, su figura ha suscitado un enorme interés a lo largo del tiempo, corriendo ríos de tinta sobre ella, destacando su papel como monarca, su formación, su impulso artístico, entre otros aspectos. Precisamente su promoción artística es el punto que centra el presente trabajo, constatándose como la promotora más destacada en el ámbito hispano, a juzgar por las empresas artísticas que inició, la colección de arte mueble, o su gusto por un modelo nórdico sin dejar a tras una proximidad a un lenguaje propio, como el mudéjar. A tenor de lo expuesto, abordar la faceta promotora de la citada monarca resulta una tarea ardua y compleja, por ello, en consonancia con la línea editorial, detendremos nuestro enfoque en Granada.
Para comprender el interés de Isabel por las artes, resulta esencial remontarse a su propia educación. Recibió una sólida formación que comenzó tras el fallecimiento de su padre, el rey Juan II. Este monarca, conocido por su intensa actividad cultural en torno a su corte itinerante, mostró siempre gran preocupación por la instrucción de sus hijos, algo que dejó reflejado en su testamento. En él encomendó la educación de los infantes a su madre, la reina viuda Isabel, y a tres testamentarios: fray Lope de Barrientos, el prior Gonzalo de Illescas y Juan de Padilla. Cumpliendo su voluntad, la reina se trasladó con sus hijos a la villa de Arévalo, donde iniciaron su formación y permanecieron hasta 1461, tal como señaló Nicasio Salvador Miguel.
Sin embargo, la educación no fue igual para ambos hermanos, pues ni su destino futuro ni su condición de género lo permitían. De acuerdo con los preceptos medievales, la formación debía adaptarse a las funciones que desempeñarían en el porvenir. Así, en el caso de Isabel, aprendió los fundamentos de la lectura, la escritura y el cálculo, acompañados de una profunda instrucción religiosa.
Con el tiempo, Isabel se convirtió en una notable coleccionista. Reunió una importante biblioteca y una extraordinaria colección de tapices -algunos de ellos ubicados en la Capilla Real de Granada-, además de mostrar interés por joyas, piedras preciosas, pinturas y relicarios, entre otros objetos. A partir de 1492, buena parte de estos bienes pasaron a formar parte del conjunto artístico de la Capilla Real de Granada, donde la reina sería enterrada junto a su esposo, Fernando, y su hija, Juana I, con su marido, Felipe el Hermoso. En su testamentaría se recoge su voluntad de que “[…] sean llevadas e dadas a la Iglesia de la cibdad de Granada”. Existió un estricto control para asegurar que todos estos bienes se integrasen en el lugar elegido para su enterramiento, como evidencia la rigurosa selección de imágenes destinadas al mismo.
Cuando Isabel I de Castilla llegó a Granada en 1492, su entrada en la ciudad no solo marcó el final de la conquista del Reino Nazarí, sino el inicio de una nueva concepción del arte como instrumento político y espiritual. En la ciudad emprendió la construcción de nuevas empresas que venían a configurar un nuevo lenguaje marcado por esa unidad alcanzada; un espacio entendido en clave de renovación espiritual, lo que dio lugar a la construcción de templos, monasterios y hospitales, como son la Capilla Real, el monasterio de Santa Isabel la Real o el Hospital Real.
El Hospital Real fundado en 1504, se planteó como una obra asistencial y de caridad, vinculada a una clara manifestación de la magnificencia y poder cosechada por los monarcas católicos. Su traza, a extramuros de la ciudad, fue encargada al arquitecto Enrique Egas, quien continuó con el estilo tardogótico – al que más tarde se añadirían elementos renacentistas o mudéjares-, planteando una planta de cruz inscrita en cuadrado -que ya había sido empleada en Santiago de Compostela y Toledo-. Si bien, el Hospital Real quedaría concluido a lo largo de la Edad Moderna, sus inicios quedan ligados a la promoción de Isabel La Católica y Fernando; cuya imagen y divisas se extendiendo por esa edificación, como alarde de poder y fama.
En 1501, por deseo de los Reyes Católicos, se erigió en Granada el monasterio de Santa Isabel la Real, cuya advocación está destinada a Santa Isabel de Hungría, por la que la reina católica sentía una gran devoción. No obstante, la fundación definitiva no se produjo hasta cuatro años más tarde, momento en el que se asentó el monasterio en el palacio nazarí de Dar al-Horra. Tal como se describe en la documentación, el impulso de la fundación estuvo ligado directamente a la figura de la monarca, así como a la preocupación que esta misma manifestó al otorgar la dotación económica y litúrgica del establecimiento. De forma paulatina, a lo largo del siglo XVI, se fueron construyendo las dependencias propias para las franciscanas clarisas —como el templo, el refectorio, las cocinas, los dormitorios, entre otras—, que finalizaron su construcción a finales de dicho siglo. De todo el conjunto resulta especialmente destacable la portada interior, realizada en estilo tardogótico y compuesta por un arco conopial moldurado, enmarcado por un alfiz, flanqueado por pilastrillas y rematado por pináculos. Sobre las enjutas del arco aparecen los emblemas de los Reyes Católicos —el yugo, las flechas y el escudo real—, en alusión directa a su fundación regia. Esta portada da acceso a la iglesia, de una sola nave cubierta por una armadura de limas moamares y conformada por una capilla mayor. La traza de la obra se atribuye a Enrique Egas, maestro mayor de la Capilla Real y uno de los arquitectos más importantes de Granada durante este tiempo.
Granada fue también el escenario de otro de los grandes proyectos de la reina: La Capilla Real. Esta fue construida entre 1505 y 1571 para albergar los restos de los monarcas católicos, siguiendo lo expuesto en la Real Cédula del 13 de septiembre de 1504. Fue destinada a los santos patrones de ambos monarcas, es decir, a los Santos Juanes: san Juan Bautista y san Juan Evangelista. El inicio de su construcción quedó en manos del arquitecto Enrique Egas, desde 1505, quien planteó, siguiendo el estilo tardogótico, la iglesia, la sacristía y la Lonja. No obstante, su construcción también se dilató en el tiempo, recibiendo las aportaciones de otros maestros a lo largo de la Edad Moderna.
Todas estas construcciones no son solo una muestra de la religiosidad de la reina, sino también del prestigio y el poder que ostentaba, tanto de forma personal como en representación de la Corona. La arquitectura, por tanto, se erige como un escaparate de magnificencia y autoridad, al igual que en otras construcciones impulsadas por los Reyes Católicos, como San Juan de los Reyes en Toledo o la Cartuja de Miraflores en Burgos, por traer a colación algunos ejemplos.
Los encargos artísticos de Isabel revelan su gusto por el estilo nórdico, alejándose de los modelos renacentistas, aunque respetando siempre la personalidad de cada maestro. Buen ejemplo de ello es la variada muestra que se presentan en la Capilla Real, procedentes de maestros nórdicos como Hans Memling, Direrick Bouts, el Maestro de la Leyenda de Santa Catalina, Juan de Flandes o Michel Sittow. También destacan pinturas de maestros hispanos influenciados por el arte de los antiguos Países Bajos, como Bartolomé Bermejo, autor de La Epifanía en la parte anterior y una Verónica de Cristo en la exterior, y Pedro Berruguete, con su San Juan Evangelista en Patmos. En una línea similar, se hallan creaciones vinculadas al Quattrocento italiano, como la Oración en el Huerto atribuida a Botticelli o el Varón de Dolores atribuido al entorno de Perugino. Todas estas obras reflejan la preferencia de la reina por un arte aún cercano al espíritu medieval frente a los modelos italianos del siglo XV. Pese a estos dos ejemplos italianos, esto no procedían de encargos directos de la reina, sino de obsequios, lo que vuelve a poner de manifestó su preferencia por las formas nórdicas.
El legado pictórico de la Capilla Real presenta todavía muchas incógnitas: se desconoce si algunas obras fueron adquiridas directamente por la reina, heredadas, recibidas como obsequio o encargadas en Flandes. Entre las pinturas conservadas destacan dos tablas, El Nacimiento y La Piedad, atribuidas a Juan de Flandes, mientras que una tercera, La Aparición de Cristo resucitado a su madre, se encuentra desde 1921 en el Metropolitan Museum de Nueva York. A ellas se suma una obra que, según Yarza Luaces, pudo ser adquirida por la monarca: el Tríptico del Descendimiento o la Virgen con el Niño y ángeles de Dierick Bouts. Toda esta colección demuestra la profunda sensibilidad artística de Isabel, estrechamente vinculada a su fervor religioso. No obstante, siempre primó en ella el componente devocional sobre el puramente estético.
En conclusión, la promoción artística de Isabel I estuvo íntimamente ligada a la magnificencia de su reinado. El arte se convirtió en instrumento de poder y devoción, reflejo de su autoridad y de su fe. La reina encontró en los modelos flamencos un referente que marcó sus encargos y colecciones. Sin duda, Isabel la Católica fue una de las grandes promotoras y coleccionistas no solo del final de la Edad Media, sino también del inicio de la Edad Moderna. Su ejemplo trascendió su tiempo, sirviendo de inspiración para sus hijas y para muchas otras soberanas y mujeres a lo largo de la historia. La reina castellana murió el 26 de noviembre de 1504.
[1] Este trabajo se enmarca dentro del proyecto de innovación docente: nuevas miradas para el estudio interdisciplinar de la participación económica de las mujeres en la historia (s. XVI-XXI) de la Universidad de Jaén (PID 2025_071).